martes, 5 de abril de 2016

Cultivarse para dar frutos

Cultivarse para dar frutos

Imaginemos a los primeros hombres, miles de años atrás, cuando el mundo era mucho más silencioso y el clima mucho más extremo. Imaginémoslos allí de noche, sentados frente a un lago cubierto por montañas, mirando el cielo inundado por estrellas con una gran luna que hacía vivir las sombras. Imaginémoslos viendo aquel espectáculo sin saber quienes eran, sin saber que veían, sin saber que sentían, ni que significaba sentir. Colores, sonidos, formas, texturas, sentimientos, necesidades. Todo para ellos era nuevo.
Aquellos hombres contemplaban el mundo como un recién nacido ve a sus progenitores o tal vez lo vivían como un niño vive la sensación de probar un nuevo sabor.
Allí estaban ellos, sin imaginar que cientos de miles de años después otros hombres los estudiarían y los admirarían, puesto que fueron los primeros en entablar una relación con el mundo, fueron los primeros en crear códigos, símbolos y organizaciones, fueron los que comenzaron este largo camino, llamado humanidad, que hoy en día sigue y le falta mucho para terminar.
Aquellos hombres, sin tener ningún conocimiento especializado, solo siguiendo sus instintos, crearon una conexión con el mundo y con sus compañeros de tal manera que empezaron a desarrollar una serie de reglas, creencias, costumbres, pensamientos y muchas otras cosas más que le dieran sentido sus vidas y a ese espectáculo que los rodeaba. No sabían que hacían, pero acababan de fundar lo que hoy se conoce como cultura.
Los años pasaron y pasaron los siglos y pasaron los milenios. El hombre se expandió por el mundo y el clima y la geografía fueron moldeando las mentes y creando nuevas culturas.
El Imperio romano ha sido uno de los imperios más importantes de la historia del hombre. Fue un imperio que durante siglos dominó gran parte del mundo y por supuesto, gran parte de las culturas. Antes que los romanos hubo otra gran civilización que fue la griega. Los romanos se enamoraron de ella y adoptaron muchos  aspectos, cultos, eventos y creencias de aquella civilización tan visionaria y rica como lo fue la griega.
Los romanos difundieron la idea de un solo idioma y una sola religión, y aunque a muchas culturas las dejaron seguir existiendo, a muchos otros pueblos los obligaron a tomar la cultura romana. Esta cultura dio grandes aportes al mundo en diferentes áreas como el derecho, la arquitectura y las artes. Hoy en día mucho de lo que conocemos y sabemos se lo debemos a los romanos.
Ya en este momento la cultura por un lado unía a la gente, pero por otro lado la separaba. Ya la diferenciación entre cultura elevada y cultura baja había empezado a crear divisiones que hasta hoy en día se ven.
La cultura, a mí parecer, es fruto de nuestras relaciones con el mundo y con los demás. Por lo tanto, la cultura también está dominada por nuestras pasiones y  sentimientos. No se puede decir que la cultura es algo objetivo ya que ni siquiera se puede dar una definición exacta de lo que es, aunque existen muy buenas.  Es por eso que muchos han usado este término para separar a la gente, para crear estratos sociales y fundar una serie de sentimientos que serán difíciles de remover.
Hoy en día las cosas han cambiado, la cultura se ve con otros ojos y ya se acepta que cada uno vea y viva la vida a su manera sin tener que señalarlo o marginarlo. Sin embargo, hace un par de siglos atrás, tanto en la Edad Media como incluso en el Renacimiento, la cultura fue utilizada de maneras muy cuestionables ya que no solo enriquecía al espíritu del hombre sino que también lo llenaba de prejuicios que hoy en día existen.
La cultura de élite y la cultura popular siempre se han visto como polos opuestos, cuando en realidad lo que son es dos caras de una misma moneda. Como se ha mencionado anteriormente, la cultura nace del hombre y de su entorno, es por eso que existen diferentes culturas. Pero, ¿quién es quién para decidir cual es un buen verso, quién es quién para evaluar las culturas como si se tratara de un producto elaborado en un fábrica?
Como muchos sociólogos afirman, el mundo es bello porque es plural. En la diversidad es que está la magia, como cuando aquellos primeros hombres de la tierra se sentaban frente al fuego a ver todas esas plantas y todas esas estrellas que los rodeaban.
Han pasado muchos años; sin embargo, aún faltan millones de cosas por mejorar para que este sea un mejor mundo.
Debemos cultivarnos para dar frutos, para dejarles un mundo mejor a los que vienen luego y el primer paso es reconociendo que las culturas deberían unirnos y no separarnos, pues más que cultura somos hombres y todos vivimos en el mismo planeta.

José Domingo M. Herrera Sosa

lunes, 4 de abril de 2016

La cultura como mensaje

La  cultura es ese tejido social que abarca las distintas formas y expresiones de una sociedad determinada. Son todas aquellas distinciones que nos hacen únicos y nos separan de otras poblaciones. Por lo tanto, incluye costumbres, prácticas, maneras de ser, rituales, vestimenta y normas de comportamiento.
Basándonos en el concepto de “cultura” expuesto, se puede asumir que entonces la cultura de cada grupo social se verá reflejada también en su forma de comunicarse. A pesar de que se cuente con normas o pautas del proceso, aspectos como los términos que emplean, el enfoque de la información, entre otros, serán diferentes dependiendo de la cultura que compartan.
Con gran frecuencia se asocian los medios de comunicación con la cultura de elite. Esta, conocida como todas aquellas actitudes, conocimientos y formas de vida que caracterizan a un grupo reducido, hermético y al que la sociedad considera superior económica y socialmente, es bien conocida a lo largo de todo el territorio nacional, aunque no todo el mundo la comparta. Y esa popularidad es generalmente el motivo por el cual los medios de comunicación lo usan como materia prima de sus productos.
En anuncios publicitarios, como inconfundible característica de una población, o algo tan simple como los estereotipos de alguna novela, serie o película.
Pero, ¿es esto una afirmación de que lo que se conoce como cultura popular no es tomado en cuenta por los medios?
Entiéndase por “cultura popular” como el conjunto de patrones culturales y manifestaciones artísticas y literarias creadas preferiblemente por las clases populares, es decir la clase baja o media sin formación académica, en contraposición con la cultura académica, alta u oficial centrada en medios de expresión tradicionalmente valorados como superiores y generalmente más elitista y excluyente.
 Y la respuesta a la interrogante es no. De hecho, en ocasiones, costumbres y tradiciones típicas de las zonas populares se van propagando, y llegan a convertirse en tradiciones adoptadas por toda una población, indiferentemente de su status social, ingreso económico o instrucción académica.
Los medios de comunicación cumplen un papel importante en este proceso. Ellos facilitan la propagación de las tradiciones de cada cultura. Explicándolas, dando ejemplos de sus tradiciones y contraponiéndolas con otras. Y luego queda de parte de la audiencia si decide adoptarla y contribuir al proceso de difusión. Otro modo de exponer las culturas en los medios es usándolos como referencia o modelo. Cuando esto ocurre, se generan los estereotipos, generalmente visto desde un enfoque negativo, pero marcan un patrón de referencia.
Incluso si la audiencia decidiera no adoptar la cultura que se está dando a conocer, el hecho de hacerlo público y conocido a lo largo de todo el territorio le da un elemento importante. Pues estas prácticas que, quizás años atrás quedaban sepultadas en el tiempo y espacio, hoy en día gracias a los medios de comunicación son reconocidas y tienen su puesto en el listado de las distintas tradiciones.
Por otro lado, los medios comunicacionales tienen una misión más. Pero esta última no gira entorno a las culturas y tradiciones, sino al intelecto de las personas que reciben la información. Un proceso educacional que siempre está en evolución y se caracteriza por ser dinámico. Dicho esto, independientemente de que se trate de la cultura popular o de élite, los medios de comunicación deben darlos a conocer. Sin prejuicios ni preferencias.
Lo transmitido se convierte que conocimiento que alimentará la erudición de todo un grupo social, aunque no estén buscando adoptar una cultura distinta. Y conocimiento es igual a evolución.
Como una condición de la comunicación es el feedback y la retroalimentación, el proceso comunicacional también puede traer como consecuencia dos productos: la alienación de la población, en la que dejan de reconocer su cultura como propia por empezar a sentirse identificados con otra, que a pesar de que no se practique en su entorno, tienen acceso a ella a través de los medios; o un híbrido entre dos o más culturas, ya que la gente siga practicando tradiciones pero también practiques otras nuevas a las que tiene acceso a ellas por medios de comunicación.

En conclusión, todo es una cadena inevitable entre la cultura, ya sea de élite o popular, y el proceso inevitable e ineludible de comunicarnos entre nosotros y de comunicar información sobre lo que conocemos y desconocemos. Cada vez que uno de estos intermediarios sufra alteración, toda la cadena se verá afectada, llevando a los receptores un mensaje completamente nuevo e inesperado. Y sin embargo, es un proceso que está (y estará siempre) en constante cambio, ya que su materia prima, la cultura misma, también lo está.

Andreína Crepsac

La cultura como yo la veo.

Cultura. ¿Qué es, exactamente, la cultura? Esa es la pregunta del millón.

Toda la vida nos han bombardeado con esa palabra, desde todos los ángulos existentes: prácticas culturales, degradación cultural, culto, inculto, diversidad cultural, costumbres y cultura, folklore y cultura, identidad cultural, entre otros mil usos. Siempre he pensado que es una de las palabras con significado más amplio que conozco.

Desde el Imperio Romano, la palabra “cultura” ha sido asociada a la formación, específicamente intelectual o académica. De hecho, esta palabra, etimológicamente, refiere a la actividad de cultivar –de ahí que practiquemos agricultura, avicultura, floricultura, entre otros–. Es decir que poseer cultura implicaba “cultivarse” a sí mismo: instruirse, educarse, conocer. Por supuesto, la información necesaria para cultivar el intelecto no estaba al alcance de todos los miembros de la sociedad, ya que este proceso requería habilidades que debían ser enseñadas y no todo el mundo ostentaba aprenderlas, como tampoco era necesario que todo el mundo las aprendiera. Un ejemplo de esto es la postura de la Iglesia en contra de la enseñanza del latín al pueblo llano para impedir la libre interpretación de la palabra divina expresada en la Biblia.

Más adelante, en el Renacimiento, con la llegada de la razón y el redescubrimiento de lo clásico en todas las áreas de expresión –pintura, escultura, historia, arquitectura, teatro, ciencia…–   se hace aún más profunda la brecha entre aquellos que se cultivaban académicamente con las corrientes ilustradas y aquellos que no. Con el pasar del tiempo (y de los siglos), el fenómeno continuó presentándose de la misma manera. Podría decirse que no todos se preocupaban por cultivar su intelecto; podría también decirse que la cultura no se repartía equitativamente. Por supuesto, si evaluamos a los individuos que se reunían en cafés a discernir sobre los postulados de Montesquieu o Rousseau, en contraposición a los campesinos que no tenían idea de quién fue Miguel Ángel y solo recibían cierta información sobre el mundo desde el púlpito de la iglesia, sabremos perfectamente quiénes eran los incultos de la partida.

Pero esto no es, ni por asomo, de esta manera.

Hoy en día, en este mundo plural y globalizado ¿por qué entendemos que la hallaca –que fue una tradición de esclavos– es parte de nuestra cultura y aun así llamamos “incultos” a aquellos que no saben quién descubrió América o quién fue Einstein? Yo misma utilicé en muchísimas ocasiones de mi vida la palabra “inculto” para referirme a muchas personas, usualmente con desprecio. Hasta que un día, precisamente en la universidad, me hicieron abrir los ojos. Una profesora de Sociología me hizo grabarme en el cerebro lo siguiente: tal cosa como la incultura no existe; ser un individuo dentro de una sociedad ya implica, por sí solo y de facto, compartir una cultura.

Una sociedad es un sistema de relaciones e interacciones humanas que comparten un entramado de significados. Para mí, esto es la cultura, es decir, reconocer y comprender elementos que nos son comunes: todas las formas de pensar, sentir y actuar que compartimos como sociedad. Como bien lo dice el concepto –muy completo– de la UNESCO, son rasgos tangibles o intangibles que caracterizan a un grupo social, que abarcan desde las artes hasta los valores y creencias.

Es cierto, se ha hablado de cultura de élites y cultura popular; esto se corresponde, en cierta forma, con el paradigma obsoleto de las poblaciones culta e inculta. La palabra “élite” sugiere un pequeño grupo poderoso, por cuanto las personas que la componen ostentan prácticas más refinadas y menos accesibles; pueden ser más caras o más complejas de comprender. Asimismo, la palabra “popular” se asocia al pueblo, a las clases bajas y menos pudientes, por lo que estas generan por sí mismas sus propios productos y ellas mismas los consumen. De esta forma, están las élites que asisten a las óperas y los ballets traídos directamente de la cuna del arte en Europa, como están los pueblos que se reúnen en las plazas a tocar su propio joropo y bailarlo en alpargatas.

Esta distinción también conlleva una oposición, una especie antagonismo. No es ajeno a nuestro conocimiento la tendencia de las élites a “mirar por encima del hombro”, como tampoco la del pueblo llano a ver con recelo a los más acaudalados. No me atrevo a afirmar que esta diferencia de clases no exista y que no se manifieste en prácticas culturales; sin embargo, pienso firmemente que la rivalidad es un error: como dijo Strauss (1908) “la cultura es el resultado de nuestra capacidad de crear símbolos en relación con el entorno. El hombre (…) es quien es capaz de abstraer pensamientos y hacer arte, escribir, reflexionar, crear”. Así, queda en evidencia que la cultura es cultura en cuanto que sí, y no hay criterios ni jueces capaces de distinguir cuáles son superiores o más cultas o más valiosas que otras, ya que todas –en Francia, en Pekín o en Margarita– son producto del mismo proceso de interacción de hombres con su entorno.  

Como dije antes, es una de las palabras con significado más amplio que conozco. Decir "cultura" implica tantas cosas como diversidad cultural existe.

En Venezuela, una arepa en un budare y una arepa en un tosti-arepas, siguen siendo un desayuno; un choque de palmas entre un par de niños en un campo de béisbol de tierra y un choque de palmas entre dos empresarios multimillonarios en Caracas, siguen siendo un saludo de panas; una parrilla en una casa de playa o un sancocho en un pueblito, siguen siendo una celebración. Para mí, esta es la clave para comprender la cultura. Es aquello que entendemos, que nos identifica, aquello que compartimos. 




Uri Romero T.

Cultura y comunicación

Si hay una característica que es inherente al ser humano, es su capacidad de ser un ser social. No importa qué tan atrás corramos en el tiempo, el ser humano siempre ha buscado agruparse con sus iguales, buscando saciar las necesidades de compañía, pertenencia e identidad. Estos grupos, en algún momento de nuestra historia terminaron por componer las primeras sociedades, esas especies de redes en las que crecemos y nos desenvolvemos durante toda nuestra vida.

Siguiendo con la analogía de la ‘’red’’, imaginemos que los hilos que la conforman son todas aquellas formas de hacer y ver las cosas, esas maneras de comportarnos frente a ciertos acontecimientos, nuestras costumbres y tradiciones: la cultura. Somos seres sociales, insertos en una sociedad cuya cultura adquirimos en la medida en la que crecemos dentro de ella y los miembros más cercanos nos la transmiten y comunican.

Esta última palabra no está colocada al azar, la comunicación es indispensable para que haya cultura, sin ella no seriamos capaces de establecer relaciones sociales, y en ausencia de esto, ¿dónde más podría nacer la cultura?  

Esto en un primer lugar, pero la importancia de la comunicación en cuanto a su relación con la cultura no termina allí, se extiende hasta, por ejemplo, el hecho de que es a través de la comunicación que se pueden transmitir esos símbolos, esas ideas, esas formas de pensar y actuar, de una generación a la siguiente.

Si adelantamos un poco más en el camino, en la actualidad, los medios de comunicación, a través de mensajes, fungen como difusores de la cultura. No importa si para algunos esto es un hecho negativo y perjudicial, o si por el contrario es positivo. No importa si se argumenta que esto solo sirve para potenciar la cultura de quienes dominan, o si por el contrario permite que se difundan prácticas culturales poco conocidas. Es un hecho, y he allí otro elemento relacional entre los dos términos ya mencionados, entiéndase cultura y comunicación.

Sin embargo, la cultura no es una sola, vivimos en un mundo diverso aunque globalizado, y si bien hay muchísimas prácticas que quizá consideramos universales, cada nación, cada pueblo y cada grupo tiene normas, sistemas de valores y formas de ver y hacer las cosas que les matizan a unos de otros, y que además funcionan como elementos de cohesión entre sus miembros. La cultura es un punto de encuentro hacia adentro, y una marca diferencial hacia afuera.

Para unir todos los puntos que expliqué en los anteriores párrafos, conviene tocar un concepto formal de cultura. A mi parecer uno de los más acertados es el de la UNESCO, según el cual ‘’la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. La cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo […] A través de ella el hombre se expresa*, toma conciencia de sí mismo…’’. 

A partir de este concepto, me parece relevante establecer otro punto de conexión entre la cultura y la comunicación: entre ellas hay una especie de relación bidireccional, utilizamos la comunicación para transmitir la cultura, pero a través de la cultura nos expresamos, y comunicamos siempre algo.

Como ya acoté anteriormente, la cultura no es una, y muchas veces vamos encontrar numerosas particularidades y diferencias entre, aún dentro de una misma sociedad, la cultura de un estrato social y la cultura de otro. Esto nos permite establecer una diferencia entre los conocidos términos que apellidan en muchas ocasiones a la palabra cultura: elitista y popular.

Básicamente, la cultura elitista está formada por todos esos elementos que forman parte de la cultura, pero en este caso pertenecientes y consumidos por los grupos sociales de alta categoría, o también llamadas clases dominantes. Para muchos, esta cultura viene definida por lo que se ve bien, lo intelectual y lo académico.

Por otro lado, la cultura popular hace referencia a aquellas expresiones culturales, formas de hacer y ver las cosas, sistemas de valores y creencias, pertenecientes o consumidas preferentemente por las clases bajas o populares, como su nombre lo indica.

Estos dos términos se contraponen, pero tampoco son estáticos, ya que muchísimas expresiones de la cultura popular, cruzan la brecha y son adoptadas con el tiempo por la cultura elitista.

Aunque en gran medida creo que el concepto de comunicación se relaciona con estos dos tipos de cultura de igual manera en la que se relaciona con el término general, es decir, en ambos casos la comunicación permite que esta cultura exista, la hace posible en la medida en la que hace posible que sus miembros interactúen entre ellos y establezcan sus normas, valores, creencias, expresiones, etc. Y al mismo tiempo cualquier manifestación cultural, sea de élite o popular, comunica, transmite y expresa algo, desde mi perspectiva creo que hay particularidades.

Por ejemplo, en muchas sociedades probablemente la cultura elitista tenga prioridad al ser difundida a través de los medios, es decir, tenga más probabilidades de ser comunicada. Sin embargo, creo que en el caso de la cultura popular, aunque quizá pueda no contar con tanta difusión por parte de los medios de comunicación, entre su gente se mantiene viva gracias a que se transmite, se enseña, y es precisamente el hecho de que sea comunicada lo que permite que aunque no sea dominante, exista.

Además, ¿cuál es la forma en la que una expresión de cultura popular pasa a ser adquirida por miembros de la cultura elitista? En mi opinión, gracias a la comunicación, esa manifestación, esos símbolos, se transmiten cual mensaje común de emisor a receptor, y este último de alguna manera decodifica el mensaje, se identifica y lo hace suyo.

En conclusión, no hay sociedad sin cultura, ni cultura sin sociedad. Pero ninguna de las dos existe sin comunicación, sin individuos que establezcan lazos, que interactúen y se relacionen entre ellos, para dar paso así a todas las costumbres, tradiciones, puntos de encuentro, formas de pensar, de ver y comprender el mundo, tan particulares pero tan nuestras (o mejor dicho, de cada sociedad, pueblo o grupo) que parecen trascender en el tiempo y nunca perecer.


*Negritas colocadas por mí.
Sabrina D'Amore