Cultura. ¿Qué es, exactamente, la cultura? Esa es la pregunta
del millón.
Toda la vida nos han bombardeado
con esa palabra, desde todos los ángulos existentes: prácticas culturales,
degradación cultural, culto, inculto, diversidad cultural, costumbres y cultura,
folklore y cultura, identidad cultural, entre otros mil usos. Siempre he
pensado que es una de las palabras con significado más amplio que conozco.
Desde el Imperio Romano, la palabra
“cultura” ha sido asociada a la formación, específicamente intelectual o académica.
De hecho, esta palabra, etimológicamente, refiere a la actividad de cultivar –de
ahí que practiquemos agricultura, avicultura, floricultura, entre otros–. Es
decir que poseer cultura implicaba “cultivarse” a sí mismo: instruirse,
educarse, conocer. Por supuesto, la información necesaria para cultivar el
intelecto no estaba al alcance de todos los miembros de la sociedad, ya que
este proceso requería habilidades que debían ser enseñadas y no todo el mundo ostentaba
aprenderlas, como tampoco era necesario que todo el mundo las aprendiera. Un
ejemplo de esto es la postura de la Iglesia en contra de la enseñanza del latín
al pueblo llano para impedir la libre interpretación de la palabra divina
expresada en la Biblia.
Más adelante, en el Renacimiento,
con la llegada de la razón y el redescubrimiento de lo clásico en todas las
áreas de expresión –pintura, escultura, historia, arquitectura, teatro, ciencia…–
se
hace aún más profunda la brecha entre aquellos que se cultivaban académicamente
con las corrientes ilustradas y aquellos que no. Con el pasar del tiempo (y de
los siglos), el fenómeno continuó presentándose de la misma manera. Podría
decirse que no todos se preocupaban por cultivar su intelecto; podría también
decirse que la cultura no se repartía equitativamente. Por supuesto, si
evaluamos a los individuos que se reunían en cafés a discernir sobre los
postulados de Montesquieu o Rousseau, en contraposición a los campesinos que no
tenían idea de quién fue Miguel Ángel y solo recibían cierta información sobre
el mundo desde el púlpito de la iglesia, sabremos perfectamente quiénes eran
los incultos de la partida.
Pero esto no es, ni por asomo, de
esta manera.
Hoy en día, en este mundo plural y
globalizado ¿por qué entendemos que la hallaca –que fue una tradición de
esclavos– es parte de nuestra cultura y aun así llamamos “incultos” a aquellos
que no saben quién descubrió América o quién fue Einstein? Yo misma utilicé en
muchísimas ocasiones de mi vida la palabra “inculto” para referirme a muchas
personas, usualmente con desprecio. Hasta que un día, precisamente en la
universidad, me hicieron abrir los ojos. Una profesora de Sociología me hizo
grabarme en el cerebro lo siguiente: tal cosa como la incultura no existe; ser
un individuo dentro de una sociedad ya implica, por sí solo y de facto,
compartir una cultura.
Una sociedad es un sistema de
relaciones e interacciones humanas que comparten un entramado de significados.
Para mí, esto es la cultura, es decir, reconocer y comprender elementos que nos
son comunes: todas las formas de pensar, sentir y actuar que compartimos como
sociedad. Como bien lo dice el concepto –muy completo– de la UNESCO, son rasgos
tangibles o intangibles que caracterizan a un grupo social, que abarcan desde
las artes hasta los valores y creencias.
Es cierto, se ha hablado de cultura
de élites y cultura popular; esto se corresponde, en cierta forma, con el
paradigma obsoleto de las poblaciones culta e inculta. La palabra “élite”
sugiere un pequeño grupo poderoso, por cuanto las personas que la componen
ostentan prácticas más refinadas y menos accesibles; pueden ser más caras o más
complejas de comprender. Asimismo, la palabra “popular” se asocia al pueblo, a
las clases bajas y menos pudientes, por lo que estas generan por sí mismas sus propios productos y ellas mismas los consumen. De esta forma, están las élites que
asisten a las óperas y los ballets traídos directamente de la cuna del arte en
Europa, como están los pueblos que se reúnen en las plazas a tocar su propio
joropo y bailarlo en alpargatas.
Esta distinción también conlleva
una oposición, una especie antagonismo. No es ajeno a nuestro
conocimiento la tendencia de las élites a “mirar por encima del hombro”, como
tampoco la del pueblo llano a ver con recelo a los más acaudalados. No me
atrevo a afirmar que esta diferencia de clases no exista y que no se manifieste
en prácticas culturales; sin embargo, pienso firmemente que la rivalidad es un
error: como dijo Strauss (1908) “la cultura es el resultado de nuestra
capacidad de crear símbolos en relación con el entorno. El hombre (…) es quien
es capaz de abstraer pensamientos y hacer arte, escribir, reflexionar, crear”. Así,
queda en evidencia que la cultura es cultura en cuanto que sí, y no hay
criterios ni jueces capaces de distinguir cuáles son superiores o más cultas o
más valiosas que otras, ya que todas –en Francia, en Pekín o en Margarita– son
producto del mismo proceso de interacción de hombres con su entorno.
Como dije antes, es una de las palabras con significado más amplio que conozco. Decir "cultura" implica tantas cosas como diversidad cultural existe.
En Venezuela, una arepa en un
budare y una arepa en un tosti-arepas, siguen siendo un desayuno; un choque de
palmas entre un par de niños en un campo de béisbol de tierra y un choque de
palmas entre dos empresarios multimillonarios en Caracas, siguen siendo un
saludo de panas; una parrilla en una casa de playa o un sancocho en un
pueblito, siguen siendo una celebración. Para mí, esta es la clave para
comprender la cultura. Es aquello que entendemos, que nos identifica, aquello que
compartimos.
Uri Romero T.
No hay comentarios:
Publicar un comentario