lunes, 4 de abril de 2016

La cultura como yo la veo.

Cultura. ¿Qué es, exactamente, la cultura? Esa es la pregunta del millón.

Toda la vida nos han bombardeado con esa palabra, desde todos los ángulos existentes: prácticas culturales, degradación cultural, culto, inculto, diversidad cultural, costumbres y cultura, folklore y cultura, identidad cultural, entre otros mil usos. Siempre he pensado que es una de las palabras con significado más amplio que conozco.

Desde el Imperio Romano, la palabra “cultura” ha sido asociada a la formación, específicamente intelectual o académica. De hecho, esta palabra, etimológicamente, refiere a la actividad de cultivar –de ahí que practiquemos agricultura, avicultura, floricultura, entre otros–. Es decir que poseer cultura implicaba “cultivarse” a sí mismo: instruirse, educarse, conocer. Por supuesto, la información necesaria para cultivar el intelecto no estaba al alcance de todos los miembros de la sociedad, ya que este proceso requería habilidades que debían ser enseñadas y no todo el mundo ostentaba aprenderlas, como tampoco era necesario que todo el mundo las aprendiera. Un ejemplo de esto es la postura de la Iglesia en contra de la enseñanza del latín al pueblo llano para impedir la libre interpretación de la palabra divina expresada en la Biblia.

Más adelante, en el Renacimiento, con la llegada de la razón y el redescubrimiento de lo clásico en todas las áreas de expresión –pintura, escultura, historia, arquitectura, teatro, ciencia…–   se hace aún más profunda la brecha entre aquellos que se cultivaban académicamente con las corrientes ilustradas y aquellos que no. Con el pasar del tiempo (y de los siglos), el fenómeno continuó presentándose de la misma manera. Podría decirse que no todos se preocupaban por cultivar su intelecto; podría también decirse que la cultura no se repartía equitativamente. Por supuesto, si evaluamos a los individuos que se reunían en cafés a discernir sobre los postulados de Montesquieu o Rousseau, en contraposición a los campesinos que no tenían idea de quién fue Miguel Ángel y solo recibían cierta información sobre el mundo desde el púlpito de la iglesia, sabremos perfectamente quiénes eran los incultos de la partida.

Pero esto no es, ni por asomo, de esta manera.

Hoy en día, en este mundo plural y globalizado ¿por qué entendemos que la hallaca –que fue una tradición de esclavos– es parte de nuestra cultura y aun así llamamos “incultos” a aquellos que no saben quién descubrió América o quién fue Einstein? Yo misma utilicé en muchísimas ocasiones de mi vida la palabra “inculto” para referirme a muchas personas, usualmente con desprecio. Hasta que un día, precisamente en la universidad, me hicieron abrir los ojos. Una profesora de Sociología me hizo grabarme en el cerebro lo siguiente: tal cosa como la incultura no existe; ser un individuo dentro de una sociedad ya implica, por sí solo y de facto, compartir una cultura.

Una sociedad es un sistema de relaciones e interacciones humanas que comparten un entramado de significados. Para mí, esto es la cultura, es decir, reconocer y comprender elementos que nos son comunes: todas las formas de pensar, sentir y actuar que compartimos como sociedad. Como bien lo dice el concepto –muy completo– de la UNESCO, son rasgos tangibles o intangibles que caracterizan a un grupo social, que abarcan desde las artes hasta los valores y creencias.

Es cierto, se ha hablado de cultura de élites y cultura popular; esto se corresponde, en cierta forma, con el paradigma obsoleto de las poblaciones culta e inculta. La palabra “élite” sugiere un pequeño grupo poderoso, por cuanto las personas que la componen ostentan prácticas más refinadas y menos accesibles; pueden ser más caras o más complejas de comprender. Asimismo, la palabra “popular” se asocia al pueblo, a las clases bajas y menos pudientes, por lo que estas generan por sí mismas sus propios productos y ellas mismas los consumen. De esta forma, están las élites que asisten a las óperas y los ballets traídos directamente de la cuna del arte en Europa, como están los pueblos que se reúnen en las plazas a tocar su propio joropo y bailarlo en alpargatas.

Esta distinción también conlleva una oposición, una especie antagonismo. No es ajeno a nuestro conocimiento la tendencia de las élites a “mirar por encima del hombro”, como tampoco la del pueblo llano a ver con recelo a los más acaudalados. No me atrevo a afirmar que esta diferencia de clases no exista y que no se manifieste en prácticas culturales; sin embargo, pienso firmemente que la rivalidad es un error: como dijo Strauss (1908) “la cultura es el resultado de nuestra capacidad de crear símbolos en relación con el entorno. El hombre (…) es quien es capaz de abstraer pensamientos y hacer arte, escribir, reflexionar, crear”. Así, queda en evidencia que la cultura es cultura en cuanto que sí, y no hay criterios ni jueces capaces de distinguir cuáles son superiores o más cultas o más valiosas que otras, ya que todas –en Francia, en Pekín o en Margarita– son producto del mismo proceso de interacción de hombres con su entorno.  

Como dije antes, es una de las palabras con significado más amplio que conozco. Decir "cultura" implica tantas cosas como diversidad cultural existe.

En Venezuela, una arepa en un budare y una arepa en un tosti-arepas, siguen siendo un desayuno; un choque de palmas entre un par de niños en un campo de béisbol de tierra y un choque de palmas entre dos empresarios multimillonarios en Caracas, siguen siendo un saludo de panas; una parrilla en una casa de playa o un sancocho en un pueblito, siguen siendo una celebración. Para mí, esta es la clave para comprender la cultura. Es aquello que entendemos, que nos identifica, aquello que compartimos. 




Uri Romero T.

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