martes, 24 de mayo de 2016

La Universidad Central del 2016


La Universidad Central del 2016

No se suele pensar en la importancia y en el papel fundamental que juegan las universidades en los países y sus sociedades. La gente suele escucharlas por la radio, verlas desde sus autos o ir para que se inscriban sus hijos, sin embargo, son pocos los que se detienen a pensar que sería de este mundo si no existiera un lugar donde se construyen las personas que luego construirán el mundo.
Personajes como José María Vargas, Rómulo Gallegos y Ramón J. Velásquez dedicaron sus vidas al conocimiento y a su difusión, fueron personas que, cada uno en su campo, experimentaron, crearon e hicieron que su país evolucionara. Ninguno de estos tres hombres hubiesen llegado a ser lo que fueron sino hubiesen estudiado lo que estudiaron donde estudiaron. Aunque están separados por varios años, Vargas, Gallegos y Velásquez fueron estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, hoy en día patrimonio de la humanidad.
La hoy deteriorada Universidad Central de Venezuela, fue declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad en el año 2000. Esta casa de estudio, ubicada en pleno corazón de Caracas, es una obra arquitectónica que fusiona las tendencias modernas del mundo con la arquitectura tradicional venezolana. Uniendo la simplicidad con la tradición, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva logró construir un espacio donde el arte, la experiencia y lo natural fuesen los protagonistas.
La universidad cuenta con una amplia serie de jardines amplios, caminerías espaciosas y plazas para el encuentro de las personas. Hay detalles en todos lados, cada edificio tiene su propio estilo dependiendo de su finalidad y tiene una gran y majestuosa aula magna que como dicen es el corazón de la universidad.
Hoy en día, Venezuela está inmersa en una grave y delicada situación tanto económica como política y social. Por lo tanto, la Universidad Central, institución que depende del estado, se ha visto muy afectada por esta crisis.
Ir a la Universidad Central hoy en día es una experiencia agridulce. Puede a veces resultar entretenido y agradable, pero también puede resultar ser una experiencia casi traumática. Ir a la UCV es encontrarse de frente con esta Venezuela que lucha entre el caos y el orden, es experimentar en carne propia esa Venezuela que gozó de un pasado ilustrado pero que se ha visto deteriorado y opacado por el olvido.
Basta con pasear por los jardines, por los pasillos, por los estacionamientos para poder ver los grafitis, la basura, la anarquía que reina en el lugar. Por supuesto que aún queda ese aire de grandeza, esos murales tan representativos, esas esculturas tan simbólicas; no obstante, es imposible ignorar la sensación de inseguridad y el sentimiento de decadencia que se vive en la famosa Universidad Central de Venezuela.
Las universidades se podrían ver como un reflejo de sus sociedades porque como ya se ha mencionado, en estas es que se crean los líderes de las comunidades y del mundo. Ver a la una vez majestuosa Universidad Central tan deteriorada entristece hasta el más optimista y es un espejo donde se ve como está el país entero.
Las universidades son los motores de la cultura y del pensamiento, sin buenas universidades las sociedades no avanzarían y el humano se vería tentado por el caos. Alguna vez la Universidad Central de Venezuela revivirá y volverá a ser la gran universidad que creó a tantos genios y personas ilustres.

José Domingo Herrera Sosa


Universidad Central de Venezuela: Patrimonio Cultural de la Humanidad

La Ciudad Universitaria de Caracas, actualmente Universidad Central de Venezuela, es un macro proyecto en honor al estudio que debe ser orgullo de cada uno de los venezolanos. De la mano de Carlos Raúl Villanueva, el único e inigualable genio detrás de este espacio, la Hacienda Ibarra, de 202 hectáreas de expansión, se convirtió en 1943 en uno de los complejos universitarios más admirables del mundo.
Como su nombre lo indica, la UCV fue pensada como una ciudad universitaria, con cabida para residencias, centros comerciales, edificios y espacios para cada facultad y escuela, bibliotecas, un hospital, laboratorios especializados, áreas de esparcimiento, variadas canchas y espacios deportivos, un impresionante aula magna, numerosos auditorios, plazas, espacios para el estudio, entre otras muchas cosas. Pero lo maravilloso de este complejo no es cuán completo es para su finalidad –que, de hecho, cumple con creces los requisitos necesarios para una universidad–, sino en cómo están acoplados todos los elementos que lo componen: la Ciudad Universitaria es una obra de arte en sí misma.
Villanueva se propuso seriamente crear un espacio autónomo e ideal, en todo el sentido de la palabra, para el aprendizaje y el desarrollo sano de la juventud; es por esto que se pueden apreciar características particulares en el proyecto como el hecho de que todas las áreas estén comunicadas por pasillos techados de impactante diseño para garantizar la libre circulación por toda la ciudad sin importar el clima, o el que todos los espacios estén diseñados para disfrutar de excelentes iluminación y ventilación naturales. De igual manera, toda la ciudad está salpicada de arte por todas partes –cada salpicón, por supuesto, fue pensado y gestionado directamente con los artistas por el arquitecto–. Pienso de su misión fue galantemente cumplida.
Actualmente la Ciudad Universitaria se encuentra en triste deterioro aunque, ni por asomo, está tan mal como podría. Su estado de notable conservación, teniendo en cuenta la falta total de atención que se le ha dedicado en las últimas décadas, se debe a que, al momento de su diseño y construcción, el gobierno de turno no escatimó en presupuesto y se aseguró de que semejante proyecto se realizara con la mejor calidad de materiales posible para fungir, como efectivamente lo hace hasta el presente, como estandarte de Venezuela ante el mundo. Los murales y obras de arte son restauradas a un ritmo mucho más lento y trabajoso del necesario, debido a la falta de presupuesto; las áreas comunes no están tan limpias como podrían debido a la falta de personal; las tareas no están coordinadas ni funcionan con la eficiencia que deberían debido a la desarticulación de la estructura administrativa; sin embargo el verdor y los colores de los jardines todavía impregnan casi todos los rincones haciéndola lucir armónica y hermosa.
Personalmente, idolatro este patrimonio. Es un mundo, una ciudad entera, concebida por completo para la juventud y la libertad. Todas las estructuras tienen diseños curvos y de líneas suaves, no hay aristas ni picos ni nada que se imponga de forma penetrante. Todas las obras de arte son abstractas e invitan a la libre interpretación. No importa dónde te encuentres parado, todo cuanto te rodee será fuente de inspiración, crecimiento y libre pensar. Cada rincón y cada detalle envuelven en sí mismos la esencia de una universidad.

Por Uri Romero. 

lunes, 23 de mayo de 2016

Una tarde en ciudad universitaria


Un viaje con escala en distintas obras y esculturas, dentro de la introspectiva de del posicionamiento del arquitecto y pionero Carlos Raúl Villanueva. Murales, vitrales, mosaicos y esculturas adornan la cotidianidad del estudiante (y de cualquiera que lo presencie). Concebido inicialmente como una casa de estudio, lo que hoy en día se conoce como Ciudad Universitaria puede ser visto por cualquiera como un museo, un poco más informal.
Con la colaboración de más de 20 artistas, tanto nacionales como internacionales, aborda todo tipo de estilos. Asimismo, le brindan al estudiante una vida universitaria llena de color e imaginación, ya que en muchas obras se presta para la libre interpretación de cada uno. Quizás esto sea uno de los motivos de la creación de los muchos mitos que se comentan; “Si te tomas una foto con El Reloj, no te gradúas”.
Para los más detallistas, se hace evidente las obras que fueron o que están siendo restauradas (por simple deterioro o por actos de vandalismo). Sin embargo, no pasa por desapercibido la falta de atención y cuidado que se nota hoy en comparación a años atrás. Algunos miran con tristeza el estado de la casa de estudio en que quisieron estudiar, y por alguna razón no pudieron.
Personalmente, una de las cosas que más me llamó la atención fue el viaje emocional que es hacer un recorrido por las obras de Ciudad Universitaria: comenzando por el dinamismo de los murales en los pasillos previos al Aula Magna; el escalofrío y tristeza al leer la placa del Orfeón de 1976; la magnificencia de poder entrar al auditorio del Aula Magna, la intriga de El Pastor de Nubes; la calidez del Mural de Dragones; el acertijo de ver todos los mosaicos de Oswaldo Vigas; y el honor inexplicable de posarte bajo El Reloj y poder decir que empatizas con él (como si eso fuese posible).

No sabría decir si el ambiente de estar rodeado de arte y variedad influye en los universitarios venezolanos, o si los venezolanos inevitablemente buscamos rodearnos de arte. Inequívocamente, Ciudad Universitaria como Patrimonio de la Humanidad, es una pequeña ventana a un mundo más colorido, más eufórico, más reflexivo… una ventana a la cultura.

Andreína Crepsac

Sobre nuestro patrimonio de la humanidad

La Universidad Central de Venezuela se abre paso ante nuestros ojos. Imponente como ella sola, mejor dicho, como solo la “casa que vence las sombras” puede imponerse. Y es que ¿cómo no? Si sus muros, sus aulas, cada metro de su construcción, guardan un tesoro patrimonial invaluable, no solo para quienes esta casa es su alma máter, sino para todos los venezolanos. De hecho, para todos los habitantes del mundo.

Carlos Raúl Villanueva, quien proyectó arquitectónicamente la Ciudad Universitaria, se encargó de hacer realidad un proyecto único, donde las obras de arte, el concreto y cada pieza colocada logran crear una fusión única entre el individuo y la naturaleza, donde se visualiza y se materializa la posibilidad de que los estudiantes logren realizar sus actividades de la manera más cómoda posible. Cada espacio así lo confirma.

Desde mi punto de vista, la Plaza Cubierta es uno de los espacios más representativos de esa idea que buscaba plasmar Villanueva, cuando nos imaginamos una plaza la vemos descubierta, pero el arquitecto va más allá, la hace techada pero al mismo tiempo lo suficientemente abierta para que el aire circule y así, si llueve o hace mucho sol, los estudiantes igualmente podrán hacer uso de ese espacio para estudiar, reunirse y transitar.
Villanueva busca llenar de arte todos los espacios de la universidad, prueba de esto es el mural que cubre una de las paredes de la estructura donde se encuentran los cuartos de refrigeración de la universidad. Un mural blanco y negro, en homenaje a Sofía Ímber.

La cantidad de murales y esculturas que adornan los rincones de la universidad es increíble. Autores como Mateo Manaure, Victor Vasarely, Henri Laurens, Pascual Navarro, Jean Arp y Oswaldo Vigas están presentes a través de sus obras en los espacios de este patrimonio mundial.

De los murales resaltan los cuatro hechos por Vigas, donde se destaca una maravillosa policromía, figuras horizontales y verticales. El conocido por los estudiantes como “el punto azul”, justo detrás de la majestuosa Biblioteca Central de la Universidad, llama la atención por sus figuras abstractas y los colores usados, los cuales se repiten e identifican al autor, Manaure, a través de la repetición de los mismos en otros murales.

También vale la pena nombrar el bimural en policromía: durante nuestra visita, recuerdo que para algunos el autor representó dos dragones, para otros era solo un ojo, y para algunos otros solo letras.

En este punto, desde mi óptica es importante aclarar que lo más relevante de estos murales que adornan los rincones de la Central es que, a través de lo abstracto de su arte, demuestran que hay espacio y cabida para distintas interpretaciones, cada individuo tendrá el libre albedrío de ver allí, en cada trazo, en cada línea, en cada mosaico, en cada color que el autor decidió colocar, lo que más le parezca, y es precisamente esto lo más rico del arte en sí: el libre albedrío de la interpretación.

Por otro lado, me pareció increíble que detrás de cada obra de arte, hay un mensaje, algo que se quiso transmitir, y muchas veces esto va de la mano con los ideales de Villanueva y el cómo decidió plasmarlos en la construcción.

Ejemplo de esto, para mí, es el “Amphion” de Laurenz. Nos comentaba la guía la tierna historia detrás de esta obra: dos hermanos realizaban un muro, uno tocaba la lira mientras el otro ponía su fuerza bruta. Ambos se complementaban.

Esta hermosa historia, griega por cierto, no se queda allí: Villanueva la toma y la interpreta para hacernos entender que, en la UCV, hay trabajo en equipo. Todo es trabajo en equipo; pero, no ese donde simplemente algunos se aprovechan de otros, sino ese verdadero trabajo en conjunto donde comprendemos que varias cabezas piensan mejor que una, ese donde entendemos que hay que coordinar esfuerzos para alcanzar grandes metas.
No puedo dejar de lado en estas líneas los que para mí fueron los espacios más simbólicos y representativos de la Universidad Central: el Aula Magna y el Reloj.

En cuanto a la primera, me quedaría corta para describir lo que ese espacio transmite, ese lugar donde se entregan los diplomas, donde los alumnos cumplen al fin su meta y palpan su sueño ya hecho realidad, la arquitectura como tal, sus 32 nubes que cuelgan y hacen de la acústica una perfecta. Es increíble.

En segundo lugar, el Reloj, esta obra es símbolo mundial de la Universidad Central, símbolo de nuestro patrimonio y del patrimonio de la humanidad. A través de este elemento Villanueva buscó representar el tiempo que invertimos en nuestros estudios, cada segundo, minuto y hora que pasamos estudiando, aprendiendo, cosechando nuestro intelecto.

Finalmente, me parece importante resaltar algo que desde mi punto de vista dejó al descubierto que entre los rincones de la UCV no solo hay obras de arte, impresionante arquitectura, etc… Sino que hay tradición, están nuestras raíces, nuestra cultura. ¿Y cómo no? Por algo es declarada patrimonio mundial. Pero me refiero a algo más nuestro, más íntimo, más cercano a la venezolanidad: la historia del chichero del Reloj, y como, luego de fallecer, su hijo siguió con su labor, alimentando esa costumbre que no solo une a todos los ucvistas, sino a todos quienes visitan alguna vez la Central.

Ahora bien, estas hojas no fueron escritas con el simple motivo de describir lo observado en los espacios de la Universidad Central de Venezuela. Espacios a los cuales definitivamente, ahora que sé lo que allí hay (y que antes desconocía), todos deberían asistir al menos una vez.

A pesar de las historias que se esconden detrás de cada mural, de cada escultura, de cada obra de arte, es muy triste observar el estado en el que estas se encuentran. Es importante comprender que no estamos hablando de cualquier obra arquitectónica, estamos hablando de un patrimonio nacional, de un patrimonio de la humanidad, al cual el vandalismo se ha encargado de golpear y herir millones de veces.

Hay murales que han tenido que ser completamente reconstruidos por fungir de carteleras para que rebeldes colocaran allí sus mensajes y panfletos. Otros tantos han visto caer sus propios mosaicos al piso frente a autobuses ardiendo frente a ellos, opacando sus colores, lastimando su brillo, y sobre todo, hiriendo nuestra propia cultura.

Pareciera que en tiempos difíciles, donde las necesidades superiores se ven pisoteadas por necesidades tan básicas como simplemente sobrevivir en un entorno tan hostil como lo es y ha sido Venezuela durante los últimos años, hace que dejemos de lado a la cultura, el patrimonio, lo que nos representa. No es justo, no puede estar bien.

No puede estar bien que la Universidad Central de Venezuela, patrimonio de la humanidad, esté tan desgastada. Hay que tomar en cuenta que en la actualidad es invaluable restaurar la obras que allí se encuentran, no hay materiales y menos divisas, entonces ¿por qué no cuidar lo que nos queda?

Desde nuestra bancada como comunicadores creo que nuestra misión es llamar a la reflexión, hacer un llamado a la conciencia de la ciudadanía, para que entendamos que si seguimos apostando al vandalismo, a dañar nuestras propias cosas, nuestro propio patrimonio, no solo acabaremos con lo que nos representa sino, en este caso, con el patrimonio de la humanidad misma. Promovamos la protección de estos espacios, exijamos que sean respetados como merecen serlo.


Por supuesto, somos ciudadanos, hay que reclamar, luchar por nuestros derechos, pero es importante comprender que esto no implica quemar cosas, rayar otras y dañar lo poco que nos queda. Hagámoslo bien, para garantizar que pasada la tormenta, la cultura tenga un suelo fértil donde florecer de nuevo sin olvidar nuestras raíces. 

martes, 5 de abril de 2016

Cultivarse para dar frutos

Cultivarse para dar frutos

Imaginemos a los primeros hombres, miles de años atrás, cuando el mundo era mucho más silencioso y el clima mucho más extremo. Imaginémoslos allí de noche, sentados frente a un lago cubierto por montañas, mirando el cielo inundado por estrellas con una gran luna que hacía vivir las sombras. Imaginémoslos viendo aquel espectáculo sin saber quienes eran, sin saber que veían, sin saber que sentían, ni que significaba sentir. Colores, sonidos, formas, texturas, sentimientos, necesidades. Todo para ellos era nuevo.
Aquellos hombres contemplaban el mundo como un recién nacido ve a sus progenitores o tal vez lo vivían como un niño vive la sensación de probar un nuevo sabor.
Allí estaban ellos, sin imaginar que cientos de miles de años después otros hombres los estudiarían y los admirarían, puesto que fueron los primeros en entablar una relación con el mundo, fueron los primeros en crear códigos, símbolos y organizaciones, fueron los que comenzaron este largo camino, llamado humanidad, que hoy en día sigue y le falta mucho para terminar.
Aquellos hombres, sin tener ningún conocimiento especializado, solo siguiendo sus instintos, crearon una conexión con el mundo y con sus compañeros de tal manera que empezaron a desarrollar una serie de reglas, creencias, costumbres, pensamientos y muchas otras cosas más que le dieran sentido sus vidas y a ese espectáculo que los rodeaba. No sabían que hacían, pero acababan de fundar lo que hoy se conoce como cultura.
Los años pasaron y pasaron los siglos y pasaron los milenios. El hombre se expandió por el mundo y el clima y la geografía fueron moldeando las mentes y creando nuevas culturas.
El Imperio romano ha sido uno de los imperios más importantes de la historia del hombre. Fue un imperio que durante siglos dominó gran parte del mundo y por supuesto, gran parte de las culturas. Antes que los romanos hubo otra gran civilización que fue la griega. Los romanos se enamoraron de ella y adoptaron muchos  aspectos, cultos, eventos y creencias de aquella civilización tan visionaria y rica como lo fue la griega.
Los romanos difundieron la idea de un solo idioma y una sola religión, y aunque a muchas culturas las dejaron seguir existiendo, a muchos otros pueblos los obligaron a tomar la cultura romana. Esta cultura dio grandes aportes al mundo en diferentes áreas como el derecho, la arquitectura y las artes. Hoy en día mucho de lo que conocemos y sabemos se lo debemos a los romanos.
Ya en este momento la cultura por un lado unía a la gente, pero por otro lado la separaba. Ya la diferenciación entre cultura elevada y cultura baja había empezado a crear divisiones que hasta hoy en día se ven.
La cultura, a mí parecer, es fruto de nuestras relaciones con el mundo y con los demás. Por lo tanto, la cultura también está dominada por nuestras pasiones y  sentimientos. No se puede decir que la cultura es algo objetivo ya que ni siquiera se puede dar una definición exacta de lo que es, aunque existen muy buenas.  Es por eso que muchos han usado este término para separar a la gente, para crear estratos sociales y fundar una serie de sentimientos que serán difíciles de remover.
Hoy en día las cosas han cambiado, la cultura se ve con otros ojos y ya se acepta que cada uno vea y viva la vida a su manera sin tener que señalarlo o marginarlo. Sin embargo, hace un par de siglos atrás, tanto en la Edad Media como incluso en el Renacimiento, la cultura fue utilizada de maneras muy cuestionables ya que no solo enriquecía al espíritu del hombre sino que también lo llenaba de prejuicios que hoy en día existen.
La cultura de élite y la cultura popular siempre se han visto como polos opuestos, cuando en realidad lo que son es dos caras de una misma moneda. Como se ha mencionado anteriormente, la cultura nace del hombre y de su entorno, es por eso que existen diferentes culturas. Pero, ¿quién es quién para decidir cual es un buen verso, quién es quién para evaluar las culturas como si se tratara de un producto elaborado en un fábrica?
Como muchos sociólogos afirman, el mundo es bello porque es plural. En la diversidad es que está la magia, como cuando aquellos primeros hombres de la tierra se sentaban frente al fuego a ver todas esas plantas y todas esas estrellas que los rodeaban.
Han pasado muchos años; sin embargo, aún faltan millones de cosas por mejorar para que este sea un mejor mundo.
Debemos cultivarnos para dar frutos, para dejarles un mundo mejor a los que vienen luego y el primer paso es reconociendo que las culturas deberían unirnos y no separarnos, pues más que cultura somos hombres y todos vivimos en el mismo planeta.

José Domingo M. Herrera Sosa

lunes, 4 de abril de 2016

La cultura como mensaje

La  cultura es ese tejido social que abarca las distintas formas y expresiones de una sociedad determinada. Son todas aquellas distinciones que nos hacen únicos y nos separan de otras poblaciones. Por lo tanto, incluye costumbres, prácticas, maneras de ser, rituales, vestimenta y normas de comportamiento.
Basándonos en el concepto de “cultura” expuesto, se puede asumir que entonces la cultura de cada grupo social se verá reflejada también en su forma de comunicarse. A pesar de que se cuente con normas o pautas del proceso, aspectos como los términos que emplean, el enfoque de la información, entre otros, serán diferentes dependiendo de la cultura que compartan.
Con gran frecuencia se asocian los medios de comunicación con la cultura de elite. Esta, conocida como todas aquellas actitudes, conocimientos y formas de vida que caracterizan a un grupo reducido, hermético y al que la sociedad considera superior económica y socialmente, es bien conocida a lo largo de todo el territorio nacional, aunque no todo el mundo la comparta. Y esa popularidad es generalmente el motivo por el cual los medios de comunicación lo usan como materia prima de sus productos.
En anuncios publicitarios, como inconfundible característica de una población, o algo tan simple como los estereotipos de alguna novela, serie o película.
Pero, ¿es esto una afirmación de que lo que se conoce como cultura popular no es tomado en cuenta por los medios?
Entiéndase por “cultura popular” como el conjunto de patrones culturales y manifestaciones artísticas y literarias creadas preferiblemente por las clases populares, es decir la clase baja o media sin formación académica, en contraposición con la cultura académica, alta u oficial centrada en medios de expresión tradicionalmente valorados como superiores y generalmente más elitista y excluyente.
 Y la respuesta a la interrogante es no. De hecho, en ocasiones, costumbres y tradiciones típicas de las zonas populares se van propagando, y llegan a convertirse en tradiciones adoptadas por toda una población, indiferentemente de su status social, ingreso económico o instrucción académica.
Los medios de comunicación cumplen un papel importante en este proceso. Ellos facilitan la propagación de las tradiciones de cada cultura. Explicándolas, dando ejemplos de sus tradiciones y contraponiéndolas con otras. Y luego queda de parte de la audiencia si decide adoptarla y contribuir al proceso de difusión. Otro modo de exponer las culturas en los medios es usándolos como referencia o modelo. Cuando esto ocurre, se generan los estereotipos, generalmente visto desde un enfoque negativo, pero marcan un patrón de referencia.
Incluso si la audiencia decidiera no adoptar la cultura que se está dando a conocer, el hecho de hacerlo público y conocido a lo largo de todo el territorio le da un elemento importante. Pues estas prácticas que, quizás años atrás quedaban sepultadas en el tiempo y espacio, hoy en día gracias a los medios de comunicación son reconocidas y tienen su puesto en el listado de las distintas tradiciones.
Por otro lado, los medios comunicacionales tienen una misión más. Pero esta última no gira entorno a las culturas y tradiciones, sino al intelecto de las personas que reciben la información. Un proceso educacional que siempre está en evolución y se caracteriza por ser dinámico. Dicho esto, independientemente de que se trate de la cultura popular o de élite, los medios de comunicación deben darlos a conocer. Sin prejuicios ni preferencias.
Lo transmitido se convierte que conocimiento que alimentará la erudición de todo un grupo social, aunque no estén buscando adoptar una cultura distinta. Y conocimiento es igual a evolución.
Como una condición de la comunicación es el feedback y la retroalimentación, el proceso comunicacional también puede traer como consecuencia dos productos: la alienación de la población, en la que dejan de reconocer su cultura como propia por empezar a sentirse identificados con otra, que a pesar de que no se practique en su entorno, tienen acceso a ella a través de los medios; o un híbrido entre dos o más culturas, ya que la gente siga practicando tradiciones pero también practiques otras nuevas a las que tiene acceso a ellas por medios de comunicación.

En conclusión, todo es una cadena inevitable entre la cultura, ya sea de élite o popular, y el proceso inevitable e ineludible de comunicarnos entre nosotros y de comunicar información sobre lo que conocemos y desconocemos. Cada vez que uno de estos intermediarios sufra alteración, toda la cadena se verá afectada, llevando a los receptores un mensaje completamente nuevo e inesperado. Y sin embargo, es un proceso que está (y estará siempre) en constante cambio, ya que su materia prima, la cultura misma, también lo está.

Andreína Crepsac

La cultura como yo la veo.

Cultura. ¿Qué es, exactamente, la cultura? Esa es la pregunta del millón.

Toda la vida nos han bombardeado con esa palabra, desde todos los ángulos existentes: prácticas culturales, degradación cultural, culto, inculto, diversidad cultural, costumbres y cultura, folklore y cultura, identidad cultural, entre otros mil usos. Siempre he pensado que es una de las palabras con significado más amplio que conozco.

Desde el Imperio Romano, la palabra “cultura” ha sido asociada a la formación, específicamente intelectual o académica. De hecho, esta palabra, etimológicamente, refiere a la actividad de cultivar –de ahí que practiquemos agricultura, avicultura, floricultura, entre otros–. Es decir que poseer cultura implicaba “cultivarse” a sí mismo: instruirse, educarse, conocer. Por supuesto, la información necesaria para cultivar el intelecto no estaba al alcance de todos los miembros de la sociedad, ya que este proceso requería habilidades que debían ser enseñadas y no todo el mundo ostentaba aprenderlas, como tampoco era necesario que todo el mundo las aprendiera. Un ejemplo de esto es la postura de la Iglesia en contra de la enseñanza del latín al pueblo llano para impedir la libre interpretación de la palabra divina expresada en la Biblia.

Más adelante, en el Renacimiento, con la llegada de la razón y el redescubrimiento de lo clásico en todas las áreas de expresión –pintura, escultura, historia, arquitectura, teatro, ciencia…–   se hace aún más profunda la brecha entre aquellos que se cultivaban académicamente con las corrientes ilustradas y aquellos que no. Con el pasar del tiempo (y de los siglos), el fenómeno continuó presentándose de la misma manera. Podría decirse que no todos se preocupaban por cultivar su intelecto; podría también decirse que la cultura no se repartía equitativamente. Por supuesto, si evaluamos a los individuos que se reunían en cafés a discernir sobre los postulados de Montesquieu o Rousseau, en contraposición a los campesinos que no tenían idea de quién fue Miguel Ángel y solo recibían cierta información sobre el mundo desde el púlpito de la iglesia, sabremos perfectamente quiénes eran los incultos de la partida.

Pero esto no es, ni por asomo, de esta manera.

Hoy en día, en este mundo plural y globalizado ¿por qué entendemos que la hallaca –que fue una tradición de esclavos– es parte de nuestra cultura y aun así llamamos “incultos” a aquellos que no saben quién descubrió América o quién fue Einstein? Yo misma utilicé en muchísimas ocasiones de mi vida la palabra “inculto” para referirme a muchas personas, usualmente con desprecio. Hasta que un día, precisamente en la universidad, me hicieron abrir los ojos. Una profesora de Sociología me hizo grabarme en el cerebro lo siguiente: tal cosa como la incultura no existe; ser un individuo dentro de una sociedad ya implica, por sí solo y de facto, compartir una cultura.

Una sociedad es un sistema de relaciones e interacciones humanas que comparten un entramado de significados. Para mí, esto es la cultura, es decir, reconocer y comprender elementos que nos son comunes: todas las formas de pensar, sentir y actuar que compartimos como sociedad. Como bien lo dice el concepto –muy completo– de la UNESCO, son rasgos tangibles o intangibles que caracterizan a un grupo social, que abarcan desde las artes hasta los valores y creencias.

Es cierto, se ha hablado de cultura de élites y cultura popular; esto se corresponde, en cierta forma, con el paradigma obsoleto de las poblaciones culta e inculta. La palabra “élite” sugiere un pequeño grupo poderoso, por cuanto las personas que la componen ostentan prácticas más refinadas y menos accesibles; pueden ser más caras o más complejas de comprender. Asimismo, la palabra “popular” se asocia al pueblo, a las clases bajas y menos pudientes, por lo que estas generan por sí mismas sus propios productos y ellas mismas los consumen. De esta forma, están las élites que asisten a las óperas y los ballets traídos directamente de la cuna del arte en Europa, como están los pueblos que se reúnen en las plazas a tocar su propio joropo y bailarlo en alpargatas.

Esta distinción también conlleva una oposición, una especie antagonismo. No es ajeno a nuestro conocimiento la tendencia de las élites a “mirar por encima del hombro”, como tampoco la del pueblo llano a ver con recelo a los más acaudalados. No me atrevo a afirmar que esta diferencia de clases no exista y que no se manifieste en prácticas culturales; sin embargo, pienso firmemente que la rivalidad es un error: como dijo Strauss (1908) “la cultura es el resultado de nuestra capacidad de crear símbolos en relación con el entorno. El hombre (…) es quien es capaz de abstraer pensamientos y hacer arte, escribir, reflexionar, crear”. Así, queda en evidencia que la cultura es cultura en cuanto que sí, y no hay criterios ni jueces capaces de distinguir cuáles son superiores o más cultas o más valiosas que otras, ya que todas –en Francia, en Pekín o en Margarita– son producto del mismo proceso de interacción de hombres con su entorno.  

Como dije antes, es una de las palabras con significado más amplio que conozco. Decir "cultura" implica tantas cosas como diversidad cultural existe.

En Venezuela, una arepa en un budare y una arepa en un tosti-arepas, siguen siendo un desayuno; un choque de palmas entre un par de niños en un campo de béisbol de tierra y un choque de palmas entre dos empresarios multimillonarios en Caracas, siguen siendo un saludo de panas; una parrilla en una casa de playa o un sancocho en un pueblito, siguen siendo una celebración. Para mí, esta es la clave para comprender la cultura. Es aquello que entendemos, que nos identifica, aquello que compartimos. 




Uri Romero T.

Cultura y comunicación

Si hay una característica que es inherente al ser humano, es su capacidad de ser un ser social. No importa qué tan atrás corramos en el tiempo, el ser humano siempre ha buscado agruparse con sus iguales, buscando saciar las necesidades de compañía, pertenencia e identidad. Estos grupos, en algún momento de nuestra historia terminaron por componer las primeras sociedades, esas especies de redes en las que crecemos y nos desenvolvemos durante toda nuestra vida.

Siguiendo con la analogía de la ‘’red’’, imaginemos que los hilos que la conforman son todas aquellas formas de hacer y ver las cosas, esas maneras de comportarnos frente a ciertos acontecimientos, nuestras costumbres y tradiciones: la cultura. Somos seres sociales, insertos en una sociedad cuya cultura adquirimos en la medida en la que crecemos dentro de ella y los miembros más cercanos nos la transmiten y comunican.

Esta última palabra no está colocada al azar, la comunicación es indispensable para que haya cultura, sin ella no seriamos capaces de establecer relaciones sociales, y en ausencia de esto, ¿dónde más podría nacer la cultura?  

Esto en un primer lugar, pero la importancia de la comunicación en cuanto a su relación con la cultura no termina allí, se extiende hasta, por ejemplo, el hecho de que es a través de la comunicación que se pueden transmitir esos símbolos, esas ideas, esas formas de pensar y actuar, de una generación a la siguiente.

Si adelantamos un poco más en el camino, en la actualidad, los medios de comunicación, a través de mensajes, fungen como difusores de la cultura. No importa si para algunos esto es un hecho negativo y perjudicial, o si por el contrario es positivo. No importa si se argumenta que esto solo sirve para potenciar la cultura de quienes dominan, o si por el contrario permite que se difundan prácticas culturales poco conocidas. Es un hecho, y he allí otro elemento relacional entre los dos términos ya mencionados, entiéndase cultura y comunicación.

Sin embargo, la cultura no es una sola, vivimos en un mundo diverso aunque globalizado, y si bien hay muchísimas prácticas que quizá consideramos universales, cada nación, cada pueblo y cada grupo tiene normas, sistemas de valores y formas de ver y hacer las cosas que les matizan a unos de otros, y que además funcionan como elementos de cohesión entre sus miembros. La cultura es un punto de encuentro hacia adentro, y una marca diferencial hacia afuera.

Para unir todos los puntos que expliqué en los anteriores párrafos, conviene tocar un concepto formal de cultura. A mi parecer uno de los más acertados es el de la UNESCO, según el cual ‘’la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. La cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo […] A través de ella el hombre se expresa*, toma conciencia de sí mismo…’’. 

A partir de este concepto, me parece relevante establecer otro punto de conexión entre la cultura y la comunicación: entre ellas hay una especie de relación bidireccional, utilizamos la comunicación para transmitir la cultura, pero a través de la cultura nos expresamos, y comunicamos siempre algo.

Como ya acoté anteriormente, la cultura no es una, y muchas veces vamos encontrar numerosas particularidades y diferencias entre, aún dentro de una misma sociedad, la cultura de un estrato social y la cultura de otro. Esto nos permite establecer una diferencia entre los conocidos términos que apellidan en muchas ocasiones a la palabra cultura: elitista y popular.

Básicamente, la cultura elitista está formada por todos esos elementos que forman parte de la cultura, pero en este caso pertenecientes y consumidos por los grupos sociales de alta categoría, o también llamadas clases dominantes. Para muchos, esta cultura viene definida por lo que se ve bien, lo intelectual y lo académico.

Por otro lado, la cultura popular hace referencia a aquellas expresiones culturales, formas de hacer y ver las cosas, sistemas de valores y creencias, pertenecientes o consumidas preferentemente por las clases bajas o populares, como su nombre lo indica.

Estos dos términos se contraponen, pero tampoco son estáticos, ya que muchísimas expresiones de la cultura popular, cruzan la brecha y son adoptadas con el tiempo por la cultura elitista.

Aunque en gran medida creo que el concepto de comunicación se relaciona con estos dos tipos de cultura de igual manera en la que se relaciona con el término general, es decir, en ambos casos la comunicación permite que esta cultura exista, la hace posible en la medida en la que hace posible que sus miembros interactúen entre ellos y establezcan sus normas, valores, creencias, expresiones, etc. Y al mismo tiempo cualquier manifestación cultural, sea de élite o popular, comunica, transmite y expresa algo, desde mi perspectiva creo que hay particularidades.

Por ejemplo, en muchas sociedades probablemente la cultura elitista tenga prioridad al ser difundida a través de los medios, es decir, tenga más probabilidades de ser comunicada. Sin embargo, creo que en el caso de la cultura popular, aunque quizá pueda no contar con tanta difusión por parte de los medios de comunicación, entre su gente se mantiene viva gracias a que se transmite, se enseña, y es precisamente el hecho de que sea comunicada lo que permite que aunque no sea dominante, exista.

Además, ¿cuál es la forma en la que una expresión de cultura popular pasa a ser adquirida por miembros de la cultura elitista? En mi opinión, gracias a la comunicación, esa manifestación, esos símbolos, se transmiten cual mensaje común de emisor a receptor, y este último de alguna manera decodifica el mensaje, se identifica y lo hace suyo.

En conclusión, no hay sociedad sin cultura, ni cultura sin sociedad. Pero ninguna de las dos existe sin comunicación, sin individuos que establezcan lazos, que interactúen y se relacionen entre ellos, para dar paso así a todas las costumbres, tradiciones, puntos de encuentro, formas de pensar, de ver y comprender el mundo, tan particulares pero tan nuestras (o mejor dicho, de cada sociedad, pueblo o grupo) que parecen trascender en el tiempo y nunca perecer.


*Negritas colocadas por mí.
Sabrina D'Amore