La
Universidad Central de Venezuela se abre paso ante nuestros ojos. Imponente
como ella sola, mejor dicho, como solo la “casa que vence las sombras” puede
imponerse. Y es que ¿cómo no? Si sus muros, sus aulas, cada metro de su
construcción, guardan un tesoro patrimonial invaluable, no solo para quienes
esta casa es su alma máter, sino para todos los venezolanos. De hecho, para
todos los habitantes del mundo.
Carlos
Raúl Villanueva, quien proyectó arquitectónicamente la Ciudad Universitaria, se
encargó de hacer realidad un proyecto único, donde las obras de arte, el
concreto y cada pieza colocada logran crear una fusión única entre el individuo
y la naturaleza, donde se visualiza y se materializa la posibilidad de que los
estudiantes logren realizar sus actividades de la manera más cómoda posible.
Cada espacio así lo confirma.
Desde
mi punto de vista, la Plaza Cubierta es uno de los espacios más representativos
de esa idea que buscaba plasmar Villanueva, cuando nos imaginamos una plaza la
vemos descubierta, pero el arquitecto va más allá, la hace techada pero al
mismo tiempo lo suficientemente abierta para que el aire circule y así, si
llueve o hace mucho sol, los estudiantes igualmente podrán hacer uso de ese
espacio para estudiar, reunirse y transitar.
Villanueva
busca llenar de arte todos los espacios de la universidad, prueba de esto es el
mural que cubre una de las paredes de la estructura donde se encuentran los
cuartos de refrigeración de la universidad. Un mural blanco y negro, en
homenaje a Sofía Ímber.
La
cantidad de murales y esculturas que adornan los rincones de la universidad es
increíble. Autores como Mateo Manaure, Victor Vasarely, Henri Laurens, Pascual
Navarro, Jean Arp y Oswaldo Vigas están presentes a través de sus obras en los
espacios de este patrimonio mundial.
De los
murales resaltan los cuatro hechos por Vigas, donde se destaca una maravillosa
policromía, figuras horizontales y verticales. El conocido por los estudiantes
como “el punto azul”, justo detrás de la majestuosa Biblioteca Central de la
Universidad, llama la atención por sus figuras abstractas y los colores usados,
los cuales se repiten e identifican al autor, Manaure, a través de la
repetición de los mismos en otros murales.
También
vale la pena nombrar el bimural en policromía: durante nuestra visita, recuerdo
que para algunos el autor representó dos dragones, para otros era solo un ojo,
y para algunos otros solo letras.
En
este punto, desde mi óptica es importante aclarar que lo más relevante de estos
murales que adornan los rincones de la Central es que, a través de lo abstracto
de su arte, demuestran que hay espacio y cabida para distintas interpretaciones,
cada individuo tendrá el libre albedrío de ver allí, en cada trazo, en cada
línea, en cada mosaico, en cada color que el autor decidió colocar, lo que más
le parezca, y es precisamente esto lo más rico del arte en sí: el libre
albedrío de la interpretación.
Por
otro lado, me pareció increíble que detrás de cada obra de arte, hay un
mensaje, algo que se quiso transmitir, y muchas veces esto va de la mano con
los ideales de Villanueva y el cómo decidió plasmarlos en la construcción.
Ejemplo
de esto, para mí, es el “Amphion” de Laurenz. Nos comentaba la guía la tierna
historia detrás de esta obra: dos hermanos realizaban un muro, uno tocaba la
lira mientras el otro ponía su fuerza bruta. Ambos se complementaban.
Esta
hermosa historia, griega por cierto, no se queda allí: Villanueva la toma y la
interpreta para hacernos entender que, en la UCV, hay trabajo en equipo. Todo
es trabajo en equipo; pero, no ese donde simplemente algunos se aprovechan de
otros, sino ese verdadero trabajo en conjunto donde comprendemos que varias
cabezas piensan mejor que una, ese donde entendemos que hay que coordinar
esfuerzos para alcanzar grandes metas.
No
puedo dejar de lado en estas líneas los que para mí fueron los espacios más
simbólicos y representativos de la Universidad Central: el Aula Magna y el
Reloj.
En
cuanto a la primera, me quedaría corta para describir lo que ese espacio
transmite, ese lugar donde se entregan los diplomas, donde los alumnos cumplen
al fin su meta y palpan su sueño ya hecho realidad, la arquitectura como tal,
sus 32 nubes que cuelgan y hacen de la acústica una perfecta. Es increíble.
En
segundo lugar, el Reloj, esta obra es símbolo mundial de la Universidad
Central, símbolo de nuestro patrimonio y del patrimonio de la humanidad. A
través de este elemento Villanueva buscó representar el tiempo que invertimos
en nuestros estudios, cada segundo, minuto y hora que pasamos estudiando,
aprendiendo, cosechando nuestro intelecto.
Finalmente,
me parece importante resaltar algo que desde mi punto de vista dejó al
descubierto que entre los rincones de la UCV no solo hay obras de arte,
impresionante arquitectura, etc… Sino que hay tradición, están nuestras raíces,
nuestra cultura. ¿Y cómo no? Por algo es declarada patrimonio mundial. Pero me
refiero a algo más nuestro, más íntimo, más cercano a la venezolanidad: la
historia del chichero del Reloj, y como, luego de fallecer, su hijo siguió con
su labor, alimentando esa costumbre que no solo une a todos los ucvistas, sino
a todos quienes visitan alguna vez la Central.
Ahora
bien, estas hojas no fueron escritas con el simple motivo de describir lo
observado en los espacios de la Universidad Central de Venezuela. Espacios a
los cuales definitivamente, ahora que sé lo que allí hay (y que antes
desconocía), todos deberían asistir al menos una vez.
A
pesar de las historias que se esconden detrás de cada mural, de cada escultura,
de cada obra de arte, es muy triste observar el estado en el que estas se
encuentran. Es importante comprender que no estamos hablando de cualquier obra
arquitectónica, estamos hablando de un patrimonio
nacional, de un patrimonio de la
humanidad, al cual el vandalismo se ha encargado de golpear y herir
millones de veces.
Hay
murales que han tenido que ser completamente reconstruidos por fungir de
carteleras para que rebeldes colocaran allí sus mensajes y panfletos. Otros
tantos han visto caer sus propios mosaicos al piso frente a autobuses ardiendo
frente a ellos, opacando sus colores, lastimando su brillo, y sobre todo,
hiriendo nuestra propia cultura.
Pareciera
que en tiempos difíciles, donde las necesidades superiores se ven pisoteadas
por necesidades tan básicas como simplemente sobrevivir en un entorno tan
hostil como lo es y ha sido Venezuela durante los últimos años, hace que
dejemos de lado a la cultura, el patrimonio, lo que nos representa. No es
justo, no puede estar bien.
No
puede estar bien que la Universidad Central de Venezuela, patrimonio de la
humanidad, esté tan desgastada. Hay que tomar en cuenta que en la actualidad es
invaluable restaurar la obras que allí se encuentran, no hay materiales y menos
divisas, entonces ¿por qué no cuidar lo que nos queda?
Desde
nuestra bancada como comunicadores creo que nuestra misión es llamar a la
reflexión, hacer un llamado a la conciencia de la ciudadanía, para que
entendamos que si seguimos apostando al vandalismo, a dañar nuestras propias
cosas, nuestro propio patrimonio, no solo acabaremos con lo que nos representa
sino, en este caso, con el patrimonio de la humanidad misma. Promovamos la
protección de estos espacios, exijamos que sean respetados como merecen serlo.
Por
supuesto, somos ciudadanos, hay que reclamar, luchar por nuestros derechos,
pero es importante comprender que esto no implica quemar cosas, rayar otras y
dañar lo poco que nos queda. Hagámoslo bien, para garantizar que pasada la
tormenta, la cultura tenga un suelo fértil donde florecer de nuevo sin olvidar
nuestras raíces.
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