lunes, 23 de mayo de 2016

Sobre nuestro patrimonio de la humanidad

La Universidad Central de Venezuela se abre paso ante nuestros ojos. Imponente como ella sola, mejor dicho, como solo la “casa que vence las sombras” puede imponerse. Y es que ¿cómo no? Si sus muros, sus aulas, cada metro de su construcción, guardan un tesoro patrimonial invaluable, no solo para quienes esta casa es su alma máter, sino para todos los venezolanos. De hecho, para todos los habitantes del mundo.

Carlos Raúl Villanueva, quien proyectó arquitectónicamente la Ciudad Universitaria, se encargó de hacer realidad un proyecto único, donde las obras de arte, el concreto y cada pieza colocada logran crear una fusión única entre el individuo y la naturaleza, donde se visualiza y se materializa la posibilidad de que los estudiantes logren realizar sus actividades de la manera más cómoda posible. Cada espacio así lo confirma.

Desde mi punto de vista, la Plaza Cubierta es uno de los espacios más representativos de esa idea que buscaba plasmar Villanueva, cuando nos imaginamos una plaza la vemos descubierta, pero el arquitecto va más allá, la hace techada pero al mismo tiempo lo suficientemente abierta para que el aire circule y así, si llueve o hace mucho sol, los estudiantes igualmente podrán hacer uso de ese espacio para estudiar, reunirse y transitar.
Villanueva busca llenar de arte todos los espacios de la universidad, prueba de esto es el mural que cubre una de las paredes de la estructura donde se encuentran los cuartos de refrigeración de la universidad. Un mural blanco y negro, en homenaje a Sofía Ímber.

La cantidad de murales y esculturas que adornan los rincones de la universidad es increíble. Autores como Mateo Manaure, Victor Vasarely, Henri Laurens, Pascual Navarro, Jean Arp y Oswaldo Vigas están presentes a través de sus obras en los espacios de este patrimonio mundial.

De los murales resaltan los cuatro hechos por Vigas, donde se destaca una maravillosa policromía, figuras horizontales y verticales. El conocido por los estudiantes como “el punto azul”, justo detrás de la majestuosa Biblioteca Central de la Universidad, llama la atención por sus figuras abstractas y los colores usados, los cuales se repiten e identifican al autor, Manaure, a través de la repetición de los mismos en otros murales.

También vale la pena nombrar el bimural en policromía: durante nuestra visita, recuerdo que para algunos el autor representó dos dragones, para otros era solo un ojo, y para algunos otros solo letras.

En este punto, desde mi óptica es importante aclarar que lo más relevante de estos murales que adornan los rincones de la Central es que, a través de lo abstracto de su arte, demuestran que hay espacio y cabida para distintas interpretaciones, cada individuo tendrá el libre albedrío de ver allí, en cada trazo, en cada línea, en cada mosaico, en cada color que el autor decidió colocar, lo que más le parezca, y es precisamente esto lo más rico del arte en sí: el libre albedrío de la interpretación.

Por otro lado, me pareció increíble que detrás de cada obra de arte, hay un mensaje, algo que se quiso transmitir, y muchas veces esto va de la mano con los ideales de Villanueva y el cómo decidió plasmarlos en la construcción.

Ejemplo de esto, para mí, es el “Amphion” de Laurenz. Nos comentaba la guía la tierna historia detrás de esta obra: dos hermanos realizaban un muro, uno tocaba la lira mientras el otro ponía su fuerza bruta. Ambos se complementaban.

Esta hermosa historia, griega por cierto, no se queda allí: Villanueva la toma y la interpreta para hacernos entender que, en la UCV, hay trabajo en equipo. Todo es trabajo en equipo; pero, no ese donde simplemente algunos se aprovechan de otros, sino ese verdadero trabajo en conjunto donde comprendemos que varias cabezas piensan mejor que una, ese donde entendemos que hay que coordinar esfuerzos para alcanzar grandes metas.
No puedo dejar de lado en estas líneas los que para mí fueron los espacios más simbólicos y representativos de la Universidad Central: el Aula Magna y el Reloj.

En cuanto a la primera, me quedaría corta para describir lo que ese espacio transmite, ese lugar donde se entregan los diplomas, donde los alumnos cumplen al fin su meta y palpan su sueño ya hecho realidad, la arquitectura como tal, sus 32 nubes que cuelgan y hacen de la acústica una perfecta. Es increíble.

En segundo lugar, el Reloj, esta obra es símbolo mundial de la Universidad Central, símbolo de nuestro patrimonio y del patrimonio de la humanidad. A través de este elemento Villanueva buscó representar el tiempo que invertimos en nuestros estudios, cada segundo, minuto y hora que pasamos estudiando, aprendiendo, cosechando nuestro intelecto.

Finalmente, me parece importante resaltar algo que desde mi punto de vista dejó al descubierto que entre los rincones de la UCV no solo hay obras de arte, impresionante arquitectura, etc… Sino que hay tradición, están nuestras raíces, nuestra cultura. ¿Y cómo no? Por algo es declarada patrimonio mundial. Pero me refiero a algo más nuestro, más íntimo, más cercano a la venezolanidad: la historia del chichero del Reloj, y como, luego de fallecer, su hijo siguió con su labor, alimentando esa costumbre que no solo une a todos los ucvistas, sino a todos quienes visitan alguna vez la Central.

Ahora bien, estas hojas no fueron escritas con el simple motivo de describir lo observado en los espacios de la Universidad Central de Venezuela. Espacios a los cuales definitivamente, ahora que sé lo que allí hay (y que antes desconocía), todos deberían asistir al menos una vez.

A pesar de las historias que se esconden detrás de cada mural, de cada escultura, de cada obra de arte, es muy triste observar el estado en el que estas se encuentran. Es importante comprender que no estamos hablando de cualquier obra arquitectónica, estamos hablando de un patrimonio nacional, de un patrimonio de la humanidad, al cual el vandalismo se ha encargado de golpear y herir millones de veces.

Hay murales que han tenido que ser completamente reconstruidos por fungir de carteleras para que rebeldes colocaran allí sus mensajes y panfletos. Otros tantos han visto caer sus propios mosaicos al piso frente a autobuses ardiendo frente a ellos, opacando sus colores, lastimando su brillo, y sobre todo, hiriendo nuestra propia cultura.

Pareciera que en tiempos difíciles, donde las necesidades superiores se ven pisoteadas por necesidades tan básicas como simplemente sobrevivir en un entorno tan hostil como lo es y ha sido Venezuela durante los últimos años, hace que dejemos de lado a la cultura, el patrimonio, lo que nos representa. No es justo, no puede estar bien.

No puede estar bien que la Universidad Central de Venezuela, patrimonio de la humanidad, esté tan desgastada. Hay que tomar en cuenta que en la actualidad es invaluable restaurar la obras que allí se encuentran, no hay materiales y menos divisas, entonces ¿por qué no cuidar lo que nos queda?

Desde nuestra bancada como comunicadores creo que nuestra misión es llamar a la reflexión, hacer un llamado a la conciencia de la ciudadanía, para que entendamos que si seguimos apostando al vandalismo, a dañar nuestras propias cosas, nuestro propio patrimonio, no solo acabaremos con lo que nos representa sino, en este caso, con el patrimonio de la humanidad misma. Promovamos la protección de estos espacios, exijamos que sean respetados como merecen serlo.


Por supuesto, somos ciudadanos, hay que reclamar, luchar por nuestros derechos, pero es importante comprender que esto no implica quemar cosas, rayar otras y dañar lo poco que nos queda. Hagámoslo bien, para garantizar que pasada la tormenta, la cultura tenga un suelo fértil donde florecer de nuevo sin olvidar nuestras raíces. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario