martes, 24 de mayo de 2016

La Universidad Central del 2016


La Universidad Central del 2016

No se suele pensar en la importancia y en el papel fundamental que juegan las universidades en los países y sus sociedades. La gente suele escucharlas por la radio, verlas desde sus autos o ir para que se inscriban sus hijos, sin embargo, son pocos los que se detienen a pensar que sería de este mundo si no existiera un lugar donde se construyen las personas que luego construirán el mundo.
Personajes como José María Vargas, Rómulo Gallegos y Ramón J. Velásquez dedicaron sus vidas al conocimiento y a su difusión, fueron personas que, cada uno en su campo, experimentaron, crearon e hicieron que su país evolucionara. Ninguno de estos tres hombres hubiesen llegado a ser lo que fueron sino hubiesen estudiado lo que estudiaron donde estudiaron. Aunque están separados por varios años, Vargas, Gallegos y Velásquez fueron estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, hoy en día patrimonio de la humanidad.
La hoy deteriorada Universidad Central de Venezuela, fue declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad en el año 2000. Esta casa de estudio, ubicada en pleno corazón de Caracas, es una obra arquitectónica que fusiona las tendencias modernas del mundo con la arquitectura tradicional venezolana. Uniendo la simplicidad con la tradición, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva logró construir un espacio donde el arte, la experiencia y lo natural fuesen los protagonistas.
La universidad cuenta con una amplia serie de jardines amplios, caminerías espaciosas y plazas para el encuentro de las personas. Hay detalles en todos lados, cada edificio tiene su propio estilo dependiendo de su finalidad y tiene una gran y majestuosa aula magna que como dicen es el corazón de la universidad.
Hoy en día, Venezuela está inmersa en una grave y delicada situación tanto económica como política y social. Por lo tanto, la Universidad Central, institución que depende del estado, se ha visto muy afectada por esta crisis.
Ir a la Universidad Central hoy en día es una experiencia agridulce. Puede a veces resultar entretenido y agradable, pero también puede resultar ser una experiencia casi traumática. Ir a la UCV es encontrarse de frente con esta Venezuela que lucha entre el caos y el orden, es experimentar en carne propia esa Venezuela que gozó de un pasado ilustrado pero que se ha visto deteriorado y opacado por el olvido.
Basta con pasear por los jardines, por los pasillos, por los estacionamientos para poder ver los grafitis, la basura, la anarquía que reina en el lugar. Por supuesto que aún queda ese aire de grandeza, esos murales tan representativos, esas esculturas tan simbólicas; no obstante, es imposible ignorar la sensación de inseguridad y el sentimiento de decadencia que se vive en la famosa Universidad Central de Venezuela.
Las universidades se podrían ver como un reflejo de sus sociedades porque como ya se ha mencionado, en estas es que se crean los líderes de las comunidades y del mundo. Ver a la una vez majestuosa Universidad Central tan deteriorada entristece hasta el más optimista y es un espejo donde se ve como está el país entero.
Las universidades son los motores de la cultura y del pensamiento, sin buenas universidades las sociedades no avanzarían y el humano se vería tentado por el caos. Alguna vez la Universidad Central de Venezuela revivirá y volverá a ser la gran universidad que creó a tantos genios y personas ilustres.

José Domingo Herrera Sosa


Universidad Central de Venezuela: Patrimonio Cultural de la Humanidad

La Ciudad Universitaria de Caracas, actualmente Universidad Central de Venezuela, es un macro proyecto en honor al estudio que debe ser orgullo de cada uno de los venezolanos. De la mano de Carlos Raúl Villanueva, el único e inigualable genio detrás de este espacio, la Hacienda Ibarra, de 202 hectáreas de expansión, se convirtió en 1943 en uno de los complejos universitarios más admirables del mundo.
Como su nombre lo indica, la UCV fue pensada como una ciudad universitaria, con cabida para residencias, centros comerciales, edificios y espacios para cada facultad y escuela, bibliotecas, un hospital, laboratorios especializados, áreas de esparcimiento, variadas canchas y espacios deportivos, un impresionante aula magna, numerosos auditorios, plazas, espacios para el estudio, entre otras muchas cosas. Pero lo maravilloso de este complejo no es cuán completo es para su finalidad –que, de hecho, cumple con creces los requisitos necesarios para una universidad–, sino en cómo están acoplados todos los elementos que lo componen: la Ciudad Universitaria es una obra de arte en sí misma.
Villanueva se propuso seriamente crear un espacio autónomo e ideal, en todo el sentido de la palabra, para el aprendizaje y el desarrollo sano de la juventud; es por esto que se pueden apreciar características particulares en el proyecto como el hecho de que todas las áreas estén comunicadas por pasillos techados de impactante diseño para garantizar la libre circulación por toda la ciudad sin importar el clima, o el que todos los espacios estén diseñados para disfrutar de excelentes iluminación y ventilación naturales. De igual manera, toda la ciudad está salpicada de arte por todas partes –cada salpicón, por supuesto, fue pensado y gestionado directamente con los artistas por el arquitecto–. Pienso de su misión fue galantemente cumplida.
Actualmente la Ciudad Universitaria se encuentra en triste deterioro aunque, ni por asomo, está tan mal como podría. Su estado de notable conservación, teniendo en cuenta la falta total de atención que se le ha dedicado en las últimas décadas, se debe a que, al momento de su diseño y construcción, el gobierno de turno no escatimó en presupuesto y se aseguró de que semejante proyecto se realizara con la mejor calidad de materiales posible para fungir, como efectivamente lo hace hasta el presente, como estandarte de Venezuela ante el mundo. Los murales y obras de arte son restauradas a un ritmo mucho más lento y trabajoso del necesario, debido a la falta de presupuesto; las áreas comunes no están tan limpias como podrían debido a la falta de personal; las tareas no están coordinadas ni funcionan con la eficiencia que deberían debido a la desarticulación de la estructura administrativa; sin embargo el verdor y los colores de los jardines todavía impregnan casi todos los rincones haciéndola lucir armónica y hermosa.
Personalmente, idolatro este patrimonio. Es un mundo, una ciudad entera, concebida por completo para la juventud y la libertad. Todas las estructuras tienen diseños curvos y de líneas suaves, no hay aristas ni picos ni nada que se imponga de forma penetrante. Todas las obras de arte son abstractas e invitan a la libre interpretación. No importa dónde te encuentres parado, todo cuanto te rodee será fuente de inspiración, crecimiento y libre pensar. Cada rincón y cada detalle envuelven en sí mismos la esencia de una universidad.

Por Uri Romero. 

lunes, 23 de mayo de 2016

Una tarde en ciudad universitaria


Un viaje con escala en distintas obras y esculturas, dentro de la introspectiva de del posicionamiento del arquitecto y pionero Carlos Raúl Villanueva. Murales, vitrales, mosaicos y esculturas adornan la cotidianidad del estudiante (y de cualquiera que lo presencie). Concebido inicialmente como una casa de estudio, lo que hoy en día se conoce como Ciudad Universitaria puede ser visto por cualquiera como un museo, un poco más informal.
Con la colaboración de más de 20 artistas, tanto nacionales como internacionales, aborda todo tipo de estilos. Asimismo, le brindan al estudiante una vida universitaria llena de color e imaginación, ya que en muchas obras se presta para la libre interpretación de cada uno. Quizás esto sea uno de los motivos de la creación de los muchos mitos que se comentan; “Si te tomas una foto con El Reloj, no te gradúas”.
Para los más detallistas, se hace evidente las obras que fueron o que están siendo restauradas (por simple deterioro o por actos de vandalismo). Sin embargo, no pasa por desapercibido la falta de atención y cuidado que se nota hoy en comparación a años atrás. Algunos miran con tristeza el estado de la casa de estudio en que quisieron estudiar, y por alguna razón no pudieron.
Personalmente, una de las cosas que más me llamó la atención fue el viaje emocional que es hacer un recorrido por las obras de Ciudad Universitaria: comenzando por el dinamismo de los murales en los pasillos previos al Aula Magna; el escalofrío y tristeza al leer la placa del Orfeón de 1976; la magnificencia de poder entrar al auditorio del Aula Magna, la intriga de El Pastor de Nubes; la calidez del Mural de Dragones; el acertijo de ver todos los mosaicos de Oswaldo Vigas; y el honor inexplicable de posarte bajo El Reloj y poder decir que empatizas con él (como si eso fuese posible).

No sabría decir si el ambiente de estar rodeado de arte y variedad influye en los universitarios venezolanos, o si los venezolanos inevitablemente buscamos rodearnos de arte. Inequívocamente, Ciudad Universitaria como Patrimonio de la Humanidad, es una pequeña ventana a un mundo más colorido, más eufórico, más reflexivo… una ventana a la cultura.

Andreína Crepsac

Sobre nuestro patrimonio de la humanidad

La Universidad Central de Venezuela se abre paso ante nuestros ojos. Imponente como ella sola, mejor dicho, como solo la “casa que vence las sombras” puede imponerse. Y es que ¿cómo no? Si sus muros, sus aulas, cada metro de su construcción, guardan un tesoro patrimonial invaluable, no solo para quienes esta casa es su alma máter, sino para todos los venezolanos. De hecho, para todos los habitantes del mundo.

Carlos Raúl Villanueva, quien proyectó arquitectónicamente la Ciudad Universitaria, se encargó de hacer realidad un proyecto único, donde las obras de arte, el concreto y cada pieza colocada logran crear una fusión única entre el individuo y la naturaleza, donde se visualiza y se materializa la posibilidad de que los estudiantes logren realizar sus actividades de la manera más cómoda posible. Cada espacio así lo confirma.

Desde mi punto de vista, la Plaza Cubierta es uno de los espacios más representativos de esa idea que buscaba plasmar Villanueva, cuando nos imaginamos una plaza la vemos descubierta, pero el arquitecto va más allá, la hace techada pero al mismo tiempo lo suficientemente abierta para que el aire circule y así, si llueve o hace mucho sol, los estudiantes igualmente podrán hacer uso de ese espacio para estudiar, reunirse y transitar.
Villanueva busca llenar de arte todos los espacios de la universidad, prueba de esto es el mural que cubre una de las paredes de la estructura donde se encuentran los cuartos de refrigeración de la universidad. Un mural blanco y negro, en homenaje a Sofía Ímber.

La cantidad de murales y esculturas que adornan los rincones de la universidad es increíble. Autores como Mateo Manaure, Victor Vasarely, Henri Laurens, Pascual Navarro, Jean Arp y Oswaldo Vigas están presentes a través de sus obras en los espacios de este patrimonio mundial.

De los murales resaltan los cuatro hechos por Vigas, donde se destaca una maravillosa policromía, figuras horizontales y verticales. El conocido por los estudiantes como “el punto azul”, justo detrás de la majestuosa Biblioteca Central de la Universidad, llama la atención por sus figuras abstractas y los colores usados, los cuales se repiten e identifican al autor, Manaure, a través de la repetición de los mismos en otros murales.

También vale la pena nombrar el bimural en policromía: durante nuestra visita, recuerdo que para algunos el autor representó dos dragones, para otros era solo un ojo, y para algunos otros solo letras.

En este punto, desde mi óptica es importante aclarar que lo más relevante de estos murales que adornan los rincones de la Central es que, a través de lo abstracto de su arte, demuestran que hay espacio y cabida para distintas interpretaciones, cada individuo tendrá el libre albedrío de ver allí, en cada trazo, en cada línea, en cada mosaico, en cada color que el autor decidió colocar, lo que más le parezca, y es precisamente esto lo más rico del arte en sí: el libre albedrío de la interpretación.

Por otro lado, me pareció increíble que detrás de cada obra de arte, hay un mensaje, algo que se quiso transmitir, y muchas veces esto va de la mano con los ideales de Villanueva y el cómo decidió plasmarlos en la construcción.

Ejemplo de esto, para mí, es el “Amphion” de Laurenz. Nos comentaba la guía la tierna historia detrás de esta obra: dos hermanos realizaban un muro, uno tocaba la lira mientras el otro ponía su fuerza bruta. Ambos se complementaban.

Esta hermosa historia, griega por cierto, no se queda allí: Villanueva la toma y la interpreta para hacernos entender que, en la UCV, hay trabajo en equipo. Todo es trabajo en equipo; pero, no ese donde simplemente algunos se aprovechan de otros, sino ese verdadero trabajo en conjunto donde comprendemos que varias cabezas piensan mejor que una, ese donde entendemos que hay que coordinar esfuerzos para alcanzar grandes metas.
No puedo dejar de lado en estas líneas los que para mí fueron los espacios más simbólicos y representativos de la Universidad Central: el Aula Magna y el Reloj.

En cuanto a la primera, me quedaría corta para describir lo que ese espacio transmite, ese lugar donde se entregan los diplomas, donde los alumnos cumplen al fin su meta y palpan su sueño ya hecho realidad, la arquitectura como tal, sus 32 nubes que cuelgan y hacen de la acústica una perfecta. Es increíble.

En segundo lugar, el Reloj, esta obra es símbolo mundial de la Universidad Central, símbolo de nuestro patrimonio y del patrimonio de la humanidad. A través de este elemento Villanueva buscó representar el tiempo que invertimos en nuestros estudios, cada segundo, minuto y hora que pasamos estudiando, aprendiendo, cosechando nuestro intelecto.

Finalmente, me parece importante resaltar algo que desde mi punto de vista dejó al descubierto que entre los rincones de la UCV no solo hay obras de arte, impresionante arquitectura, etc… Sino que hay tradición, están nuestras raíces, nuestra cultura. ¿Y cómo no? Por algo es declarada patrimonio mundial. Pero me refiero a algo más nuestro, más íntimo, más cercano a la venezolanidad: la historia del chichero del Reloj, y como, luego de fallecer, su hijo siguió con su labor, alimentando esa costumbre que no solo une a todos los ucvistas, sino a todos quienes visitan alguna vez la Central.

Ahora bien, estas hojas no fueron escritas con el simple motivo de describir lo observado en los espacios de la Universidad Central de Venezuela. Espacios a los cuales definitivamente, ahora que sé lo que allí hay (y que antes desconocía), todos deberían asistir al menos una vez.

A pesar de las historias que se esconden detrás de cada mural, de cada escultura, de cada obra de arte, es muy triste observar el estado en el que estas se encuentran. Es importante comprender que no estamos hablando de cualquier obra arquitectónica, estamos hablando de un patrimonio nacional, de un patrimonio de la humanidad, al cual el vandalismo se ha encargado de golpear y herir millones de veces.

Hay murales que han tenido que ser completamente reconstruidos por fungir de carteleras para que rebeldes colocaran allí sus mensajes y panfletos. Otros tantos han visto caer sus propios mosaicos al piso frente a autobuses ardiendo frente a ellos, opacando sus colores, lastimando su brillo, y sobre todo, hiriendo nuestra propia cultura.

Pareciera que en tiempos difíciles, donde las necesidades superiores se ven pisoteadas por necesidades tan básicas como simplemente sobrevivir en un entorno tan hostil como lo es y ha sido Venezuela durante los últimos años, hace que dejemos de lado a la cultura, el patrimonio, lo que nos representa. No es justo, no puede estar bien.

No puede estar bien que la Universidad Central de Venezuela, patrimonio de la humanidad, esté tan desgastada. Hay que tomar en cuenta que en la actualidad es invaluable restaurar la obras que allí se encuentran, no hay materiales y menos divisas, entonces ¿por qué no cuidar lo que nos queda?

Desde nuestra bancada como comunicadores creo que nuestra misión es llamar a la reflexión, hacer un llamado a la conciencia de la ciudadanía, para que entendamos que si seguimos apostando al vandalismo, a dañar nuestras propias cosas, nuestro propio patrimonio, no solo acabaremos con lo que nos representa sino, en este caso, con el patrimonio de la humanidad misma. Promovamos la protección de estos espacios, exijamos que sean respetados como merecen serlo.


Por supuesto, somos ciudadanos, hay que reclamar, luchar por nuestros derechos, pero es importante comprender que esto no implica quemar cosas, rayar otras y dañar lo poco que nos queda. Hagámoslo bien, para garantizar que pasada la tormenta, la cultura tenga un suelo fértil donde florecer de nuevo sin olvidar nuestras raíces.